Apegos feroces

Textos: Ilse Salas (@ilsesalsas)

Ilustración: Julia Reyes (@julitareyes)

Por motivos de trabajo, fui a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en noviembre del 2018.  Me acompañó mi hijo Tomás, de seis años. Teníamos solamente una tarde libre para explorar la FIL y por supuesto, según Tomás, había que empezar por la sección de niños.  Pasamos un buen rato ahí, apenas me daría tiempo de ver MIS libros, así que le pedí que continuaremos el recorrido. “Me toca, Tom. Vamos”. 

A la mitad del camino, se paró de tajo y en tono de berrinche me dijo: “No. Yo quiero ir a la sección de niños. Mamá, vamos de regreso.”  Lo que fácilmente se pudo haber resuelto con un simple NO me provocó un sentimiento desproporcionado, me tomó por sorpresa y sentí cómo en la boca del estómago se prendía algo. Como si tuviera ahí un cerillo, pólvora y un chorrito de alcohol. Me encendí.

Me puse en cuclillas de un solo movimiento para mirarlo a los ojos (como recomiendan los que saben) y lo agarré de los brazos bien fuerte (como NO recomiendan los que saben) y con un tono que venía de ese pequeño incendio le dije: “¡Basta! No quiero perder todo el día en un lugar en el que ya no quiero estar, no me interesa seguir viendo libros para niños, ni juguetitos didácticos, ni comerme los dulces que te regalan. Quiero ver mis libros, hacer mis cosas, tomarme mi tiempo y un maldito café. ¡No soy solamente tu mamá!”. “Okey, vamos.”, contestó resignado mientras giraba los ojos. Desaprobando. Siendo hijo.

Entré al stand de Sexto Piso, curioseando en sus novedades, leyendo contraportadas   “…va desgranando el relato de la lucha de una hija por encontrar su propio lugar en el mundo […] es la historia de un vínculo delicado y fatigoso, de un nexo que define y limita al mismo tiempo, pero también es el relato de una sociedad y una época y una extensa meditación sobre la experiencia de ser mujer.”  Lo compré. 

Días después tenía otro viaje de trabajo, esta vez iba sola y más lejos, un vuelo largo. Llevaba el libro. Sin tener idea de lo que me pasaba (llevaba meses tratando de encontrar “un rectángulo de aire limpio y espacio despejado”), Vivian Gornik (de quién no sabía nada hasta entonces) me lo explicaría en unas páginas. 

La historia va y viene en el tiempo: caminatas hija+madre, recordando historias viejas, casi todas ubicadas en una vecindad del Bronx repleta de mujeres judías. La señora Druker, la Zimmerman, la Cessa, la señora Kornfeld, Bertha, Marilyn… mujeres hablando en yiddish cada que pretendían ocultar algo como lo extraña que resultaba una vecina nueva, Nattie. Una mujer bella, joven, enamorada y aparentemente feliz. No judía. Un peligro inminente. 

En esa infancia, en esa vecindad, rodeada de estas mujeres que hacen gala de sus penas, aparece esta nueva vecina, Nattie, mostrándole al resto la posibilidad de ser distinta,  bella, cínica , sexual, sensual , fascinante. “Todas nos entregábamos a nuestros placeres, Nattie quería seducir, mamá quería sufrir, yo quería leer.” Mientras leía en el avión y me enamoraba de los personajes sentí una ganas locas de llorar.

Y lloré. 

Mujeres de su época (cuarentas, cincuentas) cumpliendo con todos los condicionamientos sociales que se les exigía, pero nunca SIN quejarse. En Yiddish. Vivian reconoce muy pronto que el papel de víctima de su madre, perfectamente bordado y ávido de sacrificios y  sufrimiento, no amerita una medalla. Se convierte en una rígida columna que se ve obligada a sostenerla.

De pronto me di cuenta de que una imagen se había adueñado de mí, vislumbré con claridad su forma y su contorno. Las frases intentaban ocupar la forma. La imagen era la totalidad de mi pensamiento. En ese instante sentí que me abría el canal. Mi interior se vació para dar cabida a un rectángulo de aire limpio y espacio despejado, que comenzaba en la frente y terminaba en mis ingles. En el centro del rectángulo, solo mi imagen, esperando con paciencia para depurarse. Experimenté gozo cuando supe que nada más podía igualarlo.

Pensé en mi madre, la eterna víctima, en cómo llevaba años tratando de diferenciarme de ella.  En el pánico que aún me produce no saber cuándo alejarme de lo que me lastima, en el pánico que me da pensar que hiero a quien amo, Pensé en  la posibilidad de amar profundamente a quien también desprecio, en ser despreciada, subestimada, ser débil. Pensé en el día en el que se incendió algo adentro y le pedí a mi hijo que me dejara ser libre porque sabía que si no peleaba por esa libertad terminaría por culparlo.  Ese día no le grité para que me dejara ir a ver libros,  le gritaba que yo no era mi madre, que no me lo permitiría y le pedía  también que se alejara de mí.  

A partir de entonces el viaje ha sido profundísimo, doloroso y bello. Llegó mi infancia, mis mujeres, mis rebeliones, mis batallas perdidas, mis temores mas hondos, mi guerra constante por ser YO. Llegó Vivian Gornik con toda su furia. 


Ilse Salas es actriz y madre. Le sumaríamos lectora, activista y columnista de La pluma abominable.

Sus próximos estrenos incluyen “Las niñas bien“, de Alejandra Márquez y la serie “Historias de un crimen”, que estará disponible en Netflix.

2 comentarios en “Apegos feroces

  1. Maravillosa narración. De una manera tan sencilla y directa no sólo Vivian Gornic llegó, también Ilse Salas llegó y nos confrontó a varias.

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