Lee Miller: la implicación del vórtice

Texto: Valeria Matos (@matosvaleria)
Ilustración: Julia Reyes Retana (@julitareyes)


Sin ellas la historia es incompleta. Ficciones como puentes


¿De qué manera se sublima el dolor? 

La observa a través del cristal en círculo. Caireles solares caen sobre los hombros; los ojos del fotógrafo brillan al ver los pechos descubiertos, piernas como pistilos, caderas que en breve serán de mujer. Ella es mirada por su padre, Theodor.  Posa para él dejando el vestido de manga larga a un lado, mientras se hace consciente de su belleza consumida por Cronos, devorador de hijas propias. El resultado: retratos estereoscópicos, claroscuros, perspectivas que logran efectos de profundidad. Cuerpo descubierto en relieve sobre el papel fotográfico.

Lee tiene una fijación por la imagen, por capturarla. Theodor le enseñó sobre aquello de usar un afuera para convertirlo en mapa de la memoria. ¿Qué pasiones no se ligan con la relación edípica? ¿Qué perversiones no se vuelven amores y viceversa?

Un auto corre por la avenida, Lee piensa en qué habrá más allá de los límites lunares, cruza la calle con la vista hacia el cielo, un hombre brinca sobre ella para librarla del golpe de un coche. Coincidencias: Condé Nast, fundador de una de las revistas más importantes en el universo de la moda. Un cuerpo privado se convirtió en público. A los veinte años fue modelo de Vogue, dejando atrás el pequeño poblado de Poughkeepsie para caminar entre edificios montaña ubicados en el centro de Nueva York. El padre fue sustituido por los mejores fotógrafos de la época (Edward Steichen, George Hoyningen-Huene y Arnold Genthe ). Ojos medianos abrían y cerraban como obturadores zafiro. 

Muchas veces recordó en las sesiones –y fuera de ellas– el pasaje látigo: Siete años. Niña que forcejea, se sacude como ave contra el suelo con el ala rota. Un hombre entra en ella porque él así lo quiso. Rompe las medias pequeñitas, rasga las pantaletas, la obliga a sangrar. La niña cae. El tiempo se detiene. De pie otra vez. No se derrumba. Lee forjó el carácter. Así hay espíritus de nacimiento.

La joven aceptó ser la modelo para anunciar toallas femeninas. En los años veinte se conocen las mujeres liberadas, manejan, fuman, bailan, salen a fiestas sin acompañantes, enseñan las pantorrillas al ritmo del charleston, se olvidan del corsé opresor, cortan sus cabellos, pero no se habla de la menstruación; el cuerpo no es aceptado desde todos sus ángulos ni resquicios; la sexualidad debe ser encubierta, cualquier signo relacionado con ser mujer y estar lista para tener relaciones sexuales implica el descontrol, por lo tanto, la represión absoluta. Punto. Miller fue atacada y condenada al ostracismo.  

En medio de esa sociedad, Lee se negó a seguir el destino de ser contemplada. Recogió su imagen del reflejo en las aguas. Lo anterior recuerda una imagen simbólica en la pantalla, ojos cerrados, esbelta, larga, como sostén de vela marina: una estatua de rostro helénico, un monumento que cobra vida. Ese fue su papel en la película Le sang d’un poète, de Jean Cocteau, 1930. Tenía veintitrés años.

Renovación. La clave para seguir. De vez en vez una hila el deseo, las pulsiones de vida, con los actos. Lee Miller debía salir del país natal. Lince enjaulada. El mundo no existe si no es visto. El universo avant-garde, en París, sería su nuevo escenario: experimentar, innovar. La extensión de sí misma, la cámara, vínculo vital entre la psique profunda y su yo visible. Ser vista, existir, desde el arte.

Poco a poco es ella quien mira, quien controla qué y cómo mirar. La necesidad de aprender la guió al ya famoso Man Ray. Logró ser su asistente, aunque después de un primer rechazo, y no sin la ayuda de Steichen, quien le extendió una carta de recomendación dirigida al artista surrealista.

En un laboratorio hacen pruebas, ella se mueve como felina que vive varias vidas entre líquidos, dueña de la luz, de la oscuridad. Su talento como fotógrafa se perfeccionó. La creatividad surgió junto Ray a la par que la pasión –¿qué habrá sucedido primero? –, ¿también es amor? Dos mentes pares que irradian brillo raramente no se atraen. Una mujer de proporciones áureas cerebrales y corpóreas es casi imposible no ser parecida a un imán. Ella posa para él, él para ella. Surrealistas en plena solarización (técnica revelada por ella, en un sin querer, como son los descubrimientos en su mayoría). Francia en los años de vanguardia. Conoce a los famosos, ellos a Miller. Claro, la pintan; Picasso siete veces. La vida de Lee: mirar, ser mirada. Alicia en el espejo, el espejo a través de Alicia. Salen de día de campo, en medio del bosque se tiende junto a Nusch con el torso tocando el aire, envueltas en falda, los pechos se contraen al contacto con la intemperie; Éluard se le acerca a Miller, quien sonríe, y la toma del cuello acercando su boca a las comisuras de los labios; Ray mira la escena, el corazón se acelera. Los quiere estrellar, francamente. Es un sentimiento de posesión incontrolable.

Lee Miller es de él, para él. Precisamente ese cuello no debe ser tocado por ninguna otra mano y ninguna otra lengua debe acercarse a la piel tornasol. Él puede estar con otras mujeres, pero ella no, con nadie. Una y otra vez las discusiones retumban de cielo a tierra. No es posible. Miller no tolera un abuso más. Ella hace lo que le da la gana. Seduce si eso quiere, se acerca o no cuando si así lo decide. Nunca más estará sobre el suelo con un ala quebrada. Entonces, después de tres años, vuelve a Nueva York. Instala su propio estudio, se gana la vida con cámara en mano. Expone su trabajo. La artista reveló lo siniestro, lo terrible y lo colocó en el espectro estético. La realidad surreal se manifiesta a través de la lente de Miller: un seno recién amputado, por ejemplo, sobre una charola. Un click cuando trabajó temporalmente de fotógrafa en procedimientos quirúrgicos. 

Felina de muchas vidas. Se casó con un millonario, Aziz Eloui Bey, vivió tranquila en El Cairo. No trabajaba por dinero, creaba por decisión.  Pero la estabilidad y el cariño no otorgan vida como ráfaga. Se enamoró otra vez. Se divorció de Bey y fue a vivir a Inglaterra con su nuevo amor: Roland Penrose. La segunda Guerra estalló. Un llamado para Miller. 

Escribía colaboraciones para Vogue, reportajes de moda. Pero ante una crisis bélica de esa magnitud, Lee se sentía frívola e insensible. El abuso debía ser anunciado. Pidió ser corresponsal de guerra. Así como decidió ir y amar y ser libre, levantarse con las medias pequeñitas rotas, así partió a Europa para seguir los pasos de la armada norteamericana. Años 1944 y 1945, años de recorridos pavorosos por los pasillos de la historia. Fotografías de cadáveres amontonados con ojos abiertos como si miraran a los culpables, campos de concentración con cámaras especiales para el asesinato. Usted sabe de los demás horrores ahí sucedidos. Imágenes tomadas por Lee Miller.

Caminar entre la guerra. Caminar como mujer entre la guerra: 

Avanzábamos… Entramos en los primeros pueblos alemanes… Éramos jóvenes. Fuertes. Llevábamos cuatro años sin mujeres. La población escapaba del ejército soviético, así que escogíamos a la adolescentes. A las niñas, de doce, trece años… Si lloraban les pegábamos, les tapábamos la boca con algo. Les dolía y nosotros nos reíamos. Ahora no entiendo cómo fui capaz de hacerlo… Yo venía de una familia educada, pero lo hice… (Svetlana Aliexévich, 2013).

¿De qué manera se sublima el dolor? De formas insospechadas. 30 de abril de 1945:

Miller y un amor distinto (porque la guerra en soledad puede ser aun más enloquecedora), Scherman, fotógrafo de Time, habían estado, en otros lugares devastados, acababan de pisar Buchenwald y Dachau. Caminaban ahora por la calle Prinzenregentplatz, 27 en Munich manteniendo el silencio que trata de olvidar lo visto. El cansancio sobre los pies. Hambre acumulada por días, ya no se sabe si se siente o no. Los labios resecos, despellejados ante la deshidratación. En el camino encontraron unos departamentos en buen estado. Ese momento raro en la historia se trataba de irrumpir. Entrar en lo que alguna vez fue propiedad de alguien. Era el turno de Lee… Así lo hicieron. El interior les pareció un teatro divertido, obras de arte de mal gusto, de las cuales se burlaron, comida que sin duda no dejaron y un lujo: carbón para calentar agua que llegaba directo a una tina.

Lee Miller se quitó la ropa polvorienta fijando su vista en el agua que limpiaría el horror descansado en ojos y piel y olfato. Dejó las botas enlodadas sobre el tapete afelpado, entró a la pileta blanca. Había tres jaboneras dentro, azulejos grandes, fondo impecable, en el mueble contiguo una escultura representando una figura femenina con el cabello agitado, y dentro de la bañera, en la orilla, la fotografía de Adolf Hitler. Scherman la fotografió dentro, después ella a él. La fotografía del Fürer… Estaban en una propiedad de Hitler, justo en su baño, en el centro de la intimidad, en el símbolo de lo privado por excelencia, donde nadie tiene permitido perpetrar. Lee en el interior. Lee como alguien que adquiere la complejidad de ciertos cruces que conducen a significados interpretables: mujer, blanca, inteligente, bella, talentosa, norteamericana, parte de quienes vencieron, abusada. A veces, la víctima se transforma en un sujeto de acción específico al experimentar una especia de venganza universal, no en la carne, sino en la materia que la evoca: una bañera ultrajada. 

Silencio lapidario de Miller por el resto de su vida sobre lo vivido esos días en una Europa destrozada. Las fotografías hablan por ella. Entre tanto, Adolf Hitler y Eva Brown se suicidaron el mismo 30 de abril del 45. El tapón de tina fue removido, el vórtice se llevó lo que pudo a las entrañas terrestres. 


Valeria Matos mezcla realidades de otros tiempos y ficciones a través de la escritura. Tiene el título de Maestra en Estudios de la Mujer de la UAM-Xochimilco y es Licenciada en Historia por el Instituto Cultural Helénico-UNAM. 

Está interesada en el análisis de los procesos históricos y los productos culturales con el objetivo de visibilizar la participación de ellas y la inequidad entre los géneros. A partir de lo anterior, reflexiona sobre el presente. Su tema preferido: la presencia de mujeres. Habla de esto (y por lo tanto de la vida) en el Museo Memoria y Tolerancia, en donde la invitan muchos viernes al año. 

Cuenta con diversas publicaciones, que incluyen Esencia de Líder (2016), bajo el sello Grijalbo, en coautoría con Alejandra Llamas, y ¿Vivir del arte? Sí. El universo del mercado y la valuación de las artes plásticas (2018), en coautoría con Rafael Matos, publicado por Puntal, Fundación Javier Marín. 

Es heredera de la insurrección femenina. Es la molestia del siglo, es feminista.

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