Las preguntas de la marcha #8m

Por: María Álvarez (@memoriosa)
Ilustraciones: Julia Reyes Retana (@julitareyes)


Para muchas esta fue su primera marcha, no para mí, ni para mi hija de 11 años. Sin embargo fue distinta a todas las anteriores. Se mostraba reticente a acompañarme pero a las 11:30 me anunció: “sí voy contigo y me quiero poner la camiseta que dice feminista”.

Mientras caminamos hacia el monumento a la Revolución voy pensando en última vez que la llevé a una marcha del 8 de marzo, hace tres años, 2017, en la solidaridad de las mujeres con quienes marchamos aquella vez. Cada tres minutos el contingente de atrás de nosotras gritaba: “la verga violadora a la licuadora”. Nosotras coreábamos más fuerte para proteger a Emilia: “alberca voladora a la licuadora”. Mamá: “lo que gritan no tiene sentido”.

Es 2020, y muchas cosas han cambiado en su vida, en la mía, en la de todas nosotras, no porque no hubiera feminicidios, que los ha habido en aumento desde la guerra imbécil de Calderón, y en el sexenio indolente de Peña Nieto. Pero esta vez es distinto. Tenemos otra edad. Mucha agua, mucha sangre, ha pasado bajo el puente en estos años. Ella ya no está en la burbuja de protección que estaba antes: ha escuchado las noticias acerca de Fátima, las canciones de Vida y de Julieta, que repetimos sin parar desde hace días, y conoce las cifras.

Estamos frente al frontón México, apretadísimas, saludando a muchas amigas y conocidas que también vienen con niños. Estamos con el contingente de la marea verde. Mi hija se queja, tiene calor, tiene sed, tiene hambre. “Ya no quiero estar, ya me quiero ir, ¿cuánto va a durar?” Tiene cara de angustia y de claustrofobia. Una reportera le pregunta “¿Porqué viniste a  la marcha?” – “Porque mi mamá me obligó”. Carajo. ¿Será verdad? ¿La presioné demasiado? Se queja, tiene sueño, tiene un calambre, tiene dolor de caballo. “Mamá, hoy, que es la marcha, que es el día, ¿ya mataron a 10 mujeres?”

Más que sed, hambre, calor, sueño, cansancio, mi hija tiene miedo.

Con la convicción de quitárselo marcho, aunque tenga que convencerla de seguir, aunque tenga que sostenerla, abrazarla o cargarla todo el camino. No podemos detenernos ahora, no podemos dejar de marchar. No sabemos si ellos, los otros van a recibir el mensaje, van a cambiar, pero nosotras sí. Marcho con mi hija para que en su cuerpo quede el registro del mío junto al de ella, de el de todas las mujeres que nos contienen, con las que formamos este cuerpo enorme que avanza por las calles. En su memoria quedará el registro sensorial de los cuerpos que se levantan y caminan por las que cayeron.

Foto: Camila Mata

Nos toca ver a las que rayan y rompen. Le explico: “esto no es violencia, esto es protesta”. Nos detenemos un momento frente a Bellas Artes, mi mirada se cruza con la de una mujer, en un segundo la reconozco y me quedo helada. La vi en un video en donde grita desencajada: “¿cuál es su pinche problema si quemo o rompo…? yo soy una madre que le mataron a su hija…” Sólo alcanzo a darle la mano y a esforzarme por contener las lágrimas. Emilia pregunta: “¿quién es? ¿por qué le das la mano?” “Es la mamá de una víctima”, le contesto con un hilo de voz.

Hay algo solemne, una tensión en el aire. No es un día divertido, no es un paseo, pero es importante. No tengo que explicárselo. Avanzamos por Cinco de mayo, lleno de vallas de metal. Siguen las consignas. “Mamá, ¿lo que gritan es cierto?” Hay momentos de gran energía, los encuentros con amigas, las pintas y los vidrios rotos, y de pronto una estampida. La abrazo tan fuerte que me duelen los brazos, y ella está temblando como no he sentido temblar a nadie.

No sé por qué pero no siento miedo. Puedo consolarla, protegerla, porque somos muchas y porque somos todas. Siento que estamos ahí para eso, para sacar del cuerpo el miedo, la rabia. Para avanzar con las de adelante y por las de atrás. Para abrazarnos en ese temblor intenso hasta que se nos pase. Para por fin saber con cada célula que estamos juntas.

Foto: Camila Mata

María Álvarez nació en la Ciudad de México en 1977. Estudió letras hispánicas en la UNAM y literatura comparada en la Universidad de Sussex. Es editora y gestora cultural desde hace casi 20 años de manera independiente. En 2013 fundó Sicomoro ediciones, cuya vocación principal es la de publicar libros (de arte, de cocina, de arquitectura) que pretenden ser exploraciones estéticas, cuya identidad entre materia y texto lo hagan un objeto de curiosidad y deseo. Ha trabajado con y para instituciones públicas y privadas como la Secretaría de Relaciones Exteriores, el Abierto Mexicano de Diseño, UBS, el Centro Nacional de Prevención del Delito, la productora Nao films, el Canal Once, el Museo de la Ciudad de Querétaro, el Fondo de Cultura Económica, entre otras.

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