Morir

Texto: Verónica Ortiz Cisneros (@veriverivero)
Ilustración: Julia Reyes Retana (@julitareyes)

Tenía nueve años. Fue mi primer contacto consciente con la experiencia de la muerte. Ella se llamaba Ofelia, era la mejor amiga de mi madre y de mi padre. Junto con ellos, siento que era la persona que más nos quería a mi y a mi hermano. No tuvo hijas ni hijos, nunca se casó y aunque hubieron galanes, no tuvo, según me cuentan, intenciones de casarse o vivir con alguno. Dudo que por falta de amor, y sí de convicción de que esa era la vida para ella. Era muy inteligente y culta. La impresión que tengo grabada en mi corazón es que nos amaba con la certeza de que éramos grandes personas (bendita). Nos trataba con enorme respeto y en ocasiones en las que mi madre estuvo ausente, ella se encargó de llevarnos a museos, hablarnos de historia de México y el mundo, de compartir con nosotros lo que a ella le apasionaba. Me enseñó a escribir cartas y a llevarlas al Palacio Postal para completar el ritual del envío. No es que fuera especialmente cariñosa, estaba poderosamente presente y en esa presencia, su amor era contundente. 

Entre otras maravillas, fue conocida por preparar una pócima de hierbas para devolver tono en el vientre de mujeres que recién habían parido. La preparación, sin embargo, tenía un componente contradictoriamente letal: éter. Aunque el uso era en cantidades pequeñas, ella guardaba una reserva que una tarde estalló en su cocina y la envió a un hospital por muchas semanas en las que mi madre y padre hicieron rondas para verla a diario. No tuvieron que articular el anuncio de su muerte. Me sentaron junto con mi hermano y la manera en la que me miraron bastó. Se detonó un zumbido en mi interior que lo ocupó todo y salí corriendo por la puerta de nuestro minúsculo departamento. Corrí hasta el patio interior, como si en esa carrera pudiera escapar del inmenso dolor que sentía, hasta que los brazos de mi padre me encontraron. Por días y noches no hice sino pensar en ella, en cómo debía haberse sentido, en todas las cartas que debía haberle escrito mientras no pude verla. En lo triste que me sentía por haberla perdido. El fin de su vida definió de tajo el final de una etapa de la mía y mi relación con la muerte, que se concretaría como un murmullo apenas audible en mi interior. 

La muchas conversaciones previas que había tenido sobre morir, el final de la vida, las circunstancias en las que ocurre, no fueron suficientes. No bastaron las dulces intenciones familiares de hablarme todo lo que pudieran, y con toda honestidad, al respecto. Primero porque de manera casi automática, hay un énfasis en prepararte para la vida y sus transiciones, para el momento siguiente, para un próximo logro, para un siguiente año, pero no para la muerte; y segundo, porque justo no había preparación suficiente –-al menos no para una primera muerte así–- y que esa experiencia puede sentirse de esa forma, como un enorme golpe de tristeza e incertidumbre, y que eso está bien también. Está en la médula de nuestra humanidad.

Nuestras tradiciones parecieran vincularnos codo a codo con esta experiencia, pero ¿es así? Nada de lo que viví en ese momento tuvo una relación evidente con el Día de Muertos, ni con el papel picado, ni con las calaveras de azúcar (tradiciones que Ofelia, por cierto, amaba). Los altares que había ofrendado hasta entonces, habían sido para personas con las que no había convivido, que no recordaba haber abrazado o amado. Aunque hermosos, no fueron recursos de contención.

En el fondo, tal parece que evitamos a la muerte, tanto como a la vejez. Obviamos pensar en ella, en sus repercusiones, en su significado. Con ello, eludimos prepararnos tanto para la muerte de nuestros seres queridos como para la propia. Y el resultado es una profunda imposibilidad y angustia para lidiar con ella en las circunstancias en las que se decide presentarse, que pueden ser tan diversas, como aparentemente injustas.

Años después –-y lecturas y conversaciones y películas y otras muertes posteriores–- comencé a comprender que preparamos para la muerte es una decisión y un proceso. Para acompañar, si es nuestro destino, a quien deja esta vida, se que podemos estar presentes, tomar su mano y darle valor en ese momento que puede resultar confuso e incierto. Que podemos recordarle que todo está y estará bien, que su vida ha sido y será agradecida, celebrada. Que ha sido una persona amada, generosa, valiente, digna. Que su presencia prevalecerá y nos inspirará hasta que nos toque partir. Podemos cantarle al oído y honrar su paso por esta tierra incondicionalmente. El solo hecho de estar vivo cuenta para cada ser humano y tiene derecho a ese último e importante reconocimiento, el de su paso por este mundo. 

Hoy, la pandemia por COVID-19 –-y en ese sentido ha sido generosa–- ha traído consigo un despliegue de enseñanzas tan definitivas como su presencia. Una de las más importantes para mi, da quizás un renovado giro a la danza que ha sido mi vínculo y compromiso con la muerte al recordarme que aquellos que he amado tanto en la vida, y los que no, pueden morir en completa soledad, y yo también. Y en ese sentido, y de la misma forma que si acompañáramos o fuésemos acompañados, nos merecemos el mismo amor, la misma ternura y el mismo reconocimiento. 

Nos debemos (personalmente), aprender o recordar, el enaltecer las vidas de aquellos que se van sin compañía física. No creo que debamos ser necesariamente religiosos. Las plegarias también surgen desde lo más profundo de nuestra esencia humana. El deseo sincero de que todos aquellos seres que hoy están solos, de cara a morir, encuentren en su corazón los sonidos de los momentos más dulces de su vida, el brillo del sol en sus ojos, la caricia de una noche pacífica, las palabras de quienes los amaron. Y si no tuvieron nada de esto, la certeza incondicional de que su vida tuvo valor. Lo mismo para mi bella Ofe, y para nosotras y nosotros mismos. Que vayamos recogiendo en vida momentos llenos de significado. Que en ese momento decisivo, pase lo que pase, sepamos que fuimos suficiente, que podamos abrazarnos sin juicio alguno a nuestra propia voz, a la luz interna y profundamente personal que nos ha guiado, a nuestro propio amor. Que estemos ahí –-presentes y bellos–- para perdernos en nuestra propia y cálida bienvenida a lo más profundo de nuestro ser, hasta extinguirnos.

Vero Ortiz Cisneros es cinéfila, viajera, mamá. Comunicóloga y egresada del Centro Universitario de Teatro. Miembro fundador del Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (FICCO), Directora de Comunicación en el Festival de México en el Centro Histórico, Directora de Difusión y Programación de la Cineteca Nacional y Directora de Comunicación y Desarrollo en el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo en México. Actualmente es responsable del área de Publicaciones a nivel global en ITDP, organización con oficinas en diversas ciudades del mundo, líder en movilidad y desarrollo urbano sustentable. Colabora como consejera de comunicación en Feria de Arte Material, el Abierto Mexicano de Diseño y MUTEK.

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