Adentro también quema

                                                  

Texto: Irma Zermeño (@irmazer)
Ilustración: Julia Reyes Retana (@julitareyes)


6 de julio 2020 (bien podría ser Navidad o Día de Muertos)

Ando de estreno con la sesentena de la cuarentena. Ya se me pasó lo de pensar en la incertidumbre. Ya acepté que muchas cosas no sólo se van a posponer, sino que se irán a la mierda definitivamente. Como algunos amigos, conocidos, proyectos, oficios y quesque urgencias. Ojalá, cuando todo eso parta, se lleve también algunas de mis obsesiones. 

Me ha dado por sentir que allá fuera todo quema, que mi ciudad se incendia, que todo se fue entre esas llamas y que volcarse hacia adentro tiene su gracia, de encuentro y de espina. Aunque a veces adentro también quema.

Algunos días los logro estirar como si me pagaran por ello; logro hacer que cada minuto sea productivo de algún modo. Por productivo puedo decir: tirar la mitad del interior de cada cajón, revisar medicinas caducas, bolear unas botas, volver a viejos apuntes y no entender una sílaba.

Esos días no pienso en cifras, ni curvas, ni aplanamientos, ni en mi nacionalidad siquiera, con su gobierno correspondiente, al que ya no quiero escogerle adjetivos porque ya los usé todos. Ya no me entra ni el Covid ni el presidente. Me prometí soltar el querer saber las novedades de ese par. Hasta ahora no me he fallado. 

Nada de aquí y ahora, mi memoria se volvió laberíntica y se reprodujo como conejo donde le dio la gana. Brincan evidencias por todos lados. Me vuelco en fotos y textos  viejísimos . Escribo carta que ni sé si he de enviar, porque es lo que menos me importa. Mucha espina he descubierto atorada en la garganta. Escribirlas, una a una, me las ha ido sacando de adentro o, al menos, limando su filo. No creo que vaya a enviarlas, quizá no queda nada de aquella mujer que fui, cuando debí huir, responder, cerrar, nombrar todo eso que ahora me da por escribir y echar para afuera. Me alivia. Es de-mí-conmigo, nada tienen que ver, hoy, los destinatarios.

Están mis fotos de niña. Las miro y su mirada es la misma que la mía hoy. Me hace pensar que, aun con todo, la vida no nos ha hecho tanto daño ni a ella ni a mí. Sé que todavía conservo los gestos de la foto. Sé y recuerdo cuánto le prometí e incumplí a esa niña de rulos revueltos, por qué veredas tan distintas me columpié, en cuántas brechas me fui más chueco que derecho, cuánto quedó en el trayecto y a cuántos momentos la devolvería. Y para eso no necesito del afuera. En absoluto.

He vuelto, por ejemplo, al trayecto -de años- en camión escolar, que olía a óxido y a hule. A lo que sentía ahí dentro; a ese recargar la cabeza ladeada en la última ventana del rincón trasero del camión, donde intentaba que nadie me mirara, mientras yo miraba la calle sin entender el mundo. Eso: miraba al mundo sin querer que el mundo me mirara.

Mucho menos comprendía al llegar al destino que se disponía esa ruta: ahí, donde las monjas recitaban sus frustraciones; ahí, donde yo no les creía nada ya desde entonces, y mi voz -algo entonada- tomaba ventaja y se inscribía al coro para perder clases y ganar momentos sin ellas, sin sus sermones e hipocresía. Ensayar y ensayar el Padrenuestro me salvaba de las madres jijas de la guayaba. Cantar, entonces, era poder huir de sus garras que asomaban de las anchas mangas de un hábito azul marino. Entonarme, ese volver y volver. Como hoy vuelvo y vuelvo a los textos, reviso, vuelvo, hasta confundirme con un susurro de la memoria. Es tono, es entonar, también. Quizá de ahí viene mi disciplina. O del tap, que me hicieron bailar desde que tengo memoria. En casa todo era no negociable y –de jodido– tres veces por semana.

Apenas encontré, en ese hurgar rincón a rincón, un dibujo que hice, en el que de fondo asoman las partituras musicales de las clases de piano, obligadas también y, hay que agregar, inútiles, ya que siempre tuve dos manos izquierdas si de instrumentos se trataba. Escribirlo deja claro qué esperaban de la niña del tap, las monjas y el piano. Tres de tres fracasos que no lamento.

El no en primer plano y como soundtrack de mi vida, también dejó surcos que hoy camino a voluntad, porque van hacia destinos que escogí. Pero no dejan de ser surcos, arados o partituras, si se quiere, en los que aprendí a moverme. Mis nos los acomodo y sacudo yo, a mis anchas, pero ahora dibujados por mi mano. 

Porque entonces dependía de la mirada masculina (con todo su juicio, machismo y arbitrariedad) y así fue durante más de la mitad de mi vida. Entre seis hermanos hombres y un padre jalisciense, de los meros Altos de Jalisco, ¿qué de extraño tenía que yo –hija única- esperara a ser avalada/condicionada/salvada/protegida/aceptada por la mirada y condena masculinas? Que yo esperara-a-ser-porque-ellos. Así iba la cosa.

Dudas por años. Mudas de duda en duda como si piel de serpiente se tratara. Tardas en deshacerte de esa inseguridad, de ese lastre, de ese plomo sobre los hombros. Tardas en escucharte hablar y corregirte ahí mismo, al aire. Porque puedes verte repitiendo como parte de la manada testosterona. Te confirmas anulándote, como aprendiste. Al puritito estilo Jalisco.

Qué liberador es poner distancia (qué delicia, a ratos, que la distancia sea impuesta), poner -ahora yo- el no donde me dé la gana y a destajo. Abanicarme con él y repartirlo como barajas sobre la cama. Qué sanador es saber que el tiempo ha traído mucho más que canas, y que las canas no son caca de pájaro. Que los síes sólo los pronuncio a placer.

Qué liberador es que te vean completa, en lo que piensas, hacia dónde tiras y a lo que te niegas, sin dobleces ni escondites. Escribir con el fondo de fuera, así sea rojo, y que grite y aúlle cuanto tenga guardado, si le place. Que si gustas o no, que si te leerán o no, que si suenas feminista o los adjetivos afilados y hasta ofensas. Lo que sea. Que se descorra el velo, el pudor, el miedo. Contar historias que huelan, que suden, goteen o hieran. Que no piensan en la mirada cercana, en el juicio familiar, en las conveniencias del futuro. Hoy, el futuro se tambalea y, de llegar, a saber qué nos convendrá entonces. 

No sólo me pertenece la historia que viví, también la que pude imaginar mientras viví otra, la que inventaron mi vanidad o mi deseo de venganza, la que construye el amor propio herido y la que no me atreví a contar por pudor. Tanto da a quién involucre, si me involucra a mí, sé que me pertenece. Como las tantas que escucho y de las que luego me apropio, pero distintas, con cauces propios, con hubieras que dicta mi imaginación, con veneno que disfruto inventarles. Que muerdan, que repten, que sean. 

Me escondo del virus, en lo posible, en la punta de un cerro de Veracruz, casi sin humanidad cerca. Sin internet ni televisión, ni nada que exija cableado porque es inexistente. Aquí, en medio de la jungla, llega en altavoz el eco del Padrenuestro a diario y a todo volumen, cada doce horas. Al estrenar la luz del día y al apagarse. Una joda.

Su eco me despierta, a veces, antes que el primer rasguño del sol en la frente, porque también las cortinas son inexistentes, a placer. La primera vez que lo escuché, estaba tan profundamente dormida, que me tardé en darme cuenta de que no había muerto por Covid. No podía arrancarme las capas del sueño mientras escuchaba Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad…perdona nuestras ofensas…Brinqué de la cama con un apanicado “¿Dónde estoy?” Era un susto como el de los primeros días de esta pandemia, ese que no sabíamos ni dónde colgar ni cómo calmar. Era ese sabor incrédulo en la boca de “¿Esto podrá ser cierto?”.

Así, la arbitrariedad y el eco del sacerdote en turno, ya me lleva a levantarme unos minutos antes, ganarle al mantris religioso del altavoz y poner a Nina Simone mientras tomo el primer café. Una de las primeras noches de encierro había caído dormida leyendo cifras de defunciones, para despertar con el Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Cómo no asustarte, si aquello tenía letra de juicio final. Con el sueño aún embarrado en la piel, mi primer pensamiento fue para el Covid. No me gustan sus moditos (aquí me fallo en mi promesa y parafraseo al presidente).

Me fallaré cada tanto, quizá más a menudo de lo que pienso. Insistir en evitarlo ya es algo. 

Aquí, por escrito, doy fe de que recaigo. 

Porque así somos, de los planes que nos armamos a los que acabamos cumpliendo, hay también sana –o insana- distancia. Que también la haya para mis obsesiones y sombras alargadas que a veces me persiguen. Que esta temporada delirante, este no entender, este ser precavida, este limbo que se alarga, este lavar sin tregua, este temer al otro –cualquier otredad, así sean los propios hijos- no dure tanto. 

Traigo pegada a los huesos la idea (más bien, deseo) de que volver a tocar (largo, lento, acariciar, recorrer, besar larguísimo, confiar, abrazar, dejarse olvidada entre unos brazos) será una nueva revolución. Que tal vez aquello de que “el sexo se volvió tan fácil y el amor tan difícil” pueda renovar la experiencia desde un par de manos que se recorren suave. Quizá, vivir y morir en la boca de otro pueda volver a ser un asombro como el primero o como el mejor. 

Que la humanidad cambie, no me lo creo un segundo, por mucho que lo lea. Comprendo que es un deseo colectivo y me uno. Pero no somos animales que aprenden de la experiencia o la historia. Por mucho dolor que atraviese el mundo, olvidamos mejor que la brutal ferocidad del Alzheimer. Si no hemos de cambiar, que cambien la cercanía, el cortejo y la confianza, que renovemos el contacto y los sentidos hacia el otro. Que sepamos borrar su desgaste (que fue) cotidiano y frívolo. 

Volver a entregarnos sin velos, como si esto nunca hubiera existido llenándonos de desconfianza y paranoia, o como si no hubiera futuro para este maldito virus (que dicen también se reproduce como conejo y por estaciones). Que se vaya la prisa, que se quede el silencio, pero nos devuelvan la confianza y la otredad, con su apuesta, abismo y cima. Que yo sepa renovarlos. 


Irma Zermeño es mexicana, escritora y pintora. Es mamá, buena jardinera, está enamorada de Baricco y Marguerite Yourcenar desde siempre. Es relectora más que lectora, adora el café y el teatro. Es algo ermitaña, siembra, escribe cartas y es mala con la tecnología. Sus libros: “Agonía de ojos negros” y “Retrato en voz alta”. 

Julia Reyes Retana es arquitecta, aunque nunca se ha dedicado a la arquitectura. Tiene un taller y marca de costura Chocochips Costura de Estación dedicado a la producción de objetos textiles y a la impartición de cursos de costura y técnicas textiles. Dibuja desde que tiene memoria y la ilustración es la base de la que germinan todos sus proyectos, dibujos que se transforman en cosas. Actualmente dibuja todos los días y a todas horas.

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