Violeta Parra: la cantora del pueblo

Por: Cintia Lugo (@cintibere_)

Ilustración: Julia Reyes Retana (@julitareyes)

La música no muere, sólo se transforma. Sin embargo, esto no sucede por arte de magia: detrás de todas las melodías que escuchamos a diario, tuvo que haber una o (varias) persona encargada de hacer posible esta transformación.

La historia que vengo a contarles trata un poco sobre esto pero, sobre todo, acerca de la vida y obra de una de las representantes más importantes en la escena artística latinoamericana: Violeta del Carmen Parra Sandoval, mejor conocida como Violeta Parra.

La protagonista de esta historia nació un cuatro de octubre de 1917 en San Carlos, una provincia al sur de Chile. Creció en un ambiente artístico gracias a su papá, quien era profesor de música, y a su mamá, a quienes los libros describen como una “campesina guerrera y cantora”. Cuentan que a los nueve años aprendió a tocar la guitarra y que fue en esa misma época cuando comenzó a cantar y luego a escribir su primera canción con tan solo doce años, ese fue el principio de una trayectoria extraordinaria.

Con el paso del tiempo, la cercanía de Violeta con el campo y la naturaleza la llevaron a embarcarse en una aventura musical que sería reconocida, por los expertos, como la operación de rescate folclórico más importante de los últimos tiempos. Esta labor implicó la recuperación de más de 3,000 canciones y poemas tradicionales que ella misma fue recogiendo de los campos chilenos. Y logró lo que se proponía: no solo rescatar, sino revivir y recrear el folclore chileno.

Violeta es conocida, entre otras cosas, por haber compuesto e interpretado una de las canciones de esperanza más conocidas en América Latina: ‘Gracias a la vida’, la cual seguro han de haber escuchado en más de una ocasión. Además de cantar, también estudió en la Escuela Normal de Santiago y dedicó gran parte de su vida a la labor de investigación y recopilación de la música folclórica.

Fue una mujer de múltiples talentos: cantora, compositora, maestra, pintora, activista, cirquera y justiciera. También incursionó en la escultura, bordado y cerámica, pasando de una técnica o género creativo a otro dependiendo de su estado de ánimo, pues una de sus frases célebres fue que se trabaja “con lo que hay”. No hubo actividad en la que Parra no dejara parte de su alma y eso es algo que pudo lograr gracias a su gran capacidad para observar al mundo y hacerlo propio.

Como mujer de campo y artista que accedió a una educación, Violeta tuvo la oportunidad de conocer lo mejor y lo peor de esos dos mundos. Sufrió en carne propia las injusticias políticas y tomó como propia la responsabilidad de rescatar una parte de su identidad recopilando las coplas y cantos folclóricos de los habitantes más viejos de los pueblos recónditos de Chile. Para hacerlo, no contó con medio de transporte más que sus ganas de revivir esa cultura; tampoco tuvo los conocimientos académicos que en su tiempo se consideraban suficientes para que los más sabios tomaran como legítimo su legado, y mucho menos tuvo los medios económicos para que sus instrumentos de trabajo tuvieran la mejor calidad. Pero nada la detuvo.

En realidad, Parra se volcó a la pintura de manera circunstancial, cuando por ciertas complicaciones de salud tuvo que guardar reposo por un tiempo prolongado, mismo que dedicó a experimentar con nuevas formas de expresión. Así, a pesar de no tener contacto directo con el público, ella encontró la manera de continuar desarrollando las ideas más representativas de su obra.

Mujer libre y autónoma, encontró la forma de plasmar su personalidad en cada una de sus creaciones. En ellas depositó sus alegrías, sus tristezas, sus tormentos; no es tampoco de extrañarse que en sus letras se encuentren elementos de la naturaleza y que las aves hagan apariciones recurrentes, quizá como una manera de gritarle al mundo que su hogar era el campo. La presencia de la muerte y los colores fúnebres forman parte de su repertorio.

Hay otro elemento recurrente en sus canciones, que probablemente represente ese límite entre lo propio y lo ajeno, ese límite en nuestra perspectiva ante lo lejano, lo que nos resulta extraño y que, por alguna razón, tendemos a idealizar. Ella criticaba mucho la influencia europea como ideal de una vida de mayor calidad y beneficios, y consideraba que se había llegado a un punto en el que lo latinoamericano había perdido valor, mismo que ella logró mostrar al mundo a través de su música.

Violeta Parra viajó por todo el mundo llevando su música a países como Finlandia, Polonia, Francia y Alemania,  encontrando en Europa el medio para difundir su obra y sus pensamientos, y adaptándose a la lengua de los países que visitaba, pero no así a sus costumbres y estilo de vida. Tal vez resulte un tanto incongruente que tuviera que vivir en un lugar que fue blanco de sus críticas más duras, pero es posible que su estancia por países que no eran el suyo le hayan abierto la posibilidad de mirar desde esa ventana, esa ventana que ahora “se abría como por encanto”, como menciona en otra de sus canciones célebres ‘Volver a los 17’.

Y, aunque la vida artística de Violeta Parra comenzó a gozar de gran prestigio, la vida personal de la cantora fue de mucho dolor. Si bien hubo situaciones familiares, económicas y políticas que la inspiraron, fueron esas mismas las que le restaron tranquilidad a su existencia, y el éxito que empezaba a gozar se vio oscurecido por sus propias tragedias. ¿Su canción ‘Run Run se fue pa’l norte’? Una decepción amorosa, ¿Y aquellas coplas del campo que servían para velar a los niños fallecidos? Un día se volvieron su propio himno, cuando una de sus hijas murió a los tres años mientras ella se encontraba en París.

Violeta vivió y murió bajo sus propios términos. No fue la que tuvo la mejor voz, ni el rostro más bello, ni los estudios que otros consideran suficientes. Ella hizo lo que quiso, de la manera que quiso y nunca respondió a presiones sociales, culturales ni económicas; el arte era su vida y ahí fue que encontró la paz, aunque fuera momentánea, a sus mayores tormentos. Ícono de lucha, podemos decir que Violeta Parra vive hasta el día de hoy y que su aporte continúa trascendiendo. Con su labor artística y su forma de vivir, se ha ganado un lugar en la historia chilena, en la de América Latina y en la del mundo entero.

Se le ha llegado a considerar como “juglar del pueblo”, juglar que recuperó una voz que se había dejado de escuchar. Buscó al folclore de su país como a un tesoro, lo desenterró de los campos chilenos, lo desempolvó y lo adornó con todo lo que tuvo a su paso. Fue ella quien rescató y le dio nuevo significado al folclore de su país y tal vez sin darse cuenta, al encontrar lo que muchos habían olvidado, se encontró a ella misma.


Cintia Lugo tiene 33 años, estudió literatura latinoamericana y es maestría en competencias traductoras en Mérida, Yucatán. Siempre ha tenido un gusto especial por la música y la escritura, pues siente que son dos expresiones que le permiten al ser humano crear puentes para conectar a las personas.

Julia Reyes Retana es arquitecta, aunque nunca se ha dedicado a la arquitectura. Tiene un taller y marca de costura Chocochips Costura de Estación dedicado a la producción de objetos textiles y a la impartición de cursos de costura y técnicas textiles. Dibuja desde que tiene memoria y la ilustración es la base de la que germinan todos sus proyectos, dibujos que se transforman en cosas. Actualmente dibuja todos los días y a todas horas.

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