Músicas latinoamericanas

Por: Michelle Solano (@michserenisima)
Ilustración: Julia Reyes Retana (@julitareyes)


A la memoria de Judith Reyes, Laura Abitia y Ángela Martínez, músicas mexicanas injustamente relegadas al peor de los silencios: el olvido de su voz.

 
Parto de la certeza de que toda selección musical es un sesgo. Al aceptar la invitación de La Pluma Abominable para hacer esta playlist sólo pensé en un objetivo: presentarles a algunas de las compositoras y cantantes cuyo trabajo me parece notable. En todas estas mujeres existe una voz, un estilo, un sello que caracteriza tanto sus discursos musicales como líricos.
Más allá del gusto personal o de la selección basada en ciertas características (edad, trayectoria, popularidad, entre otras) hablar de América Latina me obligó a apegarme a ese concepto étnico-geográfico de las regiones del continente donde se habla español. Así, he dejado fuera de esta playlist a las músicas brasileñas y haitianas (algunas beliceñas que cantan en inglés, y claro, a otras que con orígenes latinoamericanos nacieron o han vivido en países como Canadá, Estados Unidos y hasta en países de Europa. No fue fácil, por ejemplo, dejar fuera a Lhasa de Sela, quien trascendió su cuerpo físico en 2010, y cuyo trabajo dejó una huella muy profunda).

Por otro lado, la música brasileña -precisamente por la diferencia idiomática- ha desarrollado una industria musical muy vasta y peculiar, sostenida por su identidad cultural; por ahora, nos queda pendiente una revisión del trabajo musical de las brasileñas.

Algunas de las mujeres que forman parte de esa selección ya se han hecho de un público, otras son apenas conocidas (y creo que vale la pena seguirles los cantos). Desde Tijuana hasta la Patagonia, las mujeres han conquistado espacios cada vez más relevantes en la música y han sabido defender su poder creativo. Ya no son nada más las chicas preciosas, plásticas, prefabricadas que cantaban o bailaban al son de las canciones compuestas por otros autores (casi siempre hombres). Las mujeres latinoamericanas que están activas en la música contemporánea componen, cantan, escriben, producen, son instrumentistas y se han adueñado no sólo de sus palabras y pensamientos, sino también de un espacio dentro de los festivales y los medios (sobre todo los alternativos y digitales).

Herederas de voces tan diversas -y de los géneros que cultivaron- como Violeta Parra, Chabuca Granda, María Dolores Pradera, Mercedes Sosa, Chavela Vargas, Amparo Ochoa, Andrea Echeverri, Celeste Carballo, María Gabriela Epumer, Cecilia Toussaint, Ely Guerra, Rita Guerrero, y muchas otras, las mujeres que hoy ocupan las plataformas digitales y los espacios que hay para la música van del folk al jazz, del son a la cueca, del rock al hip hop y, por supuesto, han hecho suyo ese espacio etéreo, de pronto inasible, que llamamos “fusión”.
He hecho esta lista con algunas de las voces y propuestas más representativas de la música hecha por mujeres latinoamericanas, confiando en que al escucharlas se interesarán por su trabajo y así podrán llegar a otras que están un poco más ocultas.

Los discursos musicales y líricos de las mujeres latinoamericanas han evolucionado al mismo tiempo que el feminismo (ya sea por necesidad, por elección, o debido tal vez a un suceso fortuito) se metió en nuestras vidas. O debería decir, más que el feminismo, la insoportable idea de que las desigualdades y la violencia en contra de nosotras permanezcan acalladas como lo estuvieron para nuestras madres, abuelas y ancestras. No podría asegurar que todas las mujeres cuya música se muestra aquí se asumen como militantes del feminismo, pero lo que es innegable es que la situación que vivimos las mujeres en nuestros países y el contexto sociopolítico, en muchos casos, ha derivado en letras punzantes, letras que le dieron la vuelta al papel de las mujeres frente al amor y al desamor, pero también de cara a todo aquello que sucede en nuestra amada América Latina (dictaduras militares, genocidios, desapariciones forzadas, feminicidios, crímenes de lesa humanidad, la lucha por el reconocimiento de los derechos de las minorías, la diversidad sexual). De modo que las mujeres en Latinoamérica ya no cantamos ni componemos nada más acerca del amor que se fue para no volver, de los paisajes rurales o del color de nuestros vestidos. 

También en el presente sobrevive la semilla que gestó lo que hoy somos: Vuelve Sor Juana, a través de la voz de Leticia Servín -quien por un momento decide dejar su pluma para cantar a la poeta más grande de nuestra lengua- y así interpelar a los hombres, a su violencia, dejando en claro que las mujeres tenemos siglos preguntando hasta cuándo hemos de vivir en esa zona de baja presión, en esa “fiera borrasca”. 

Una vez reconocido y asumido que el mundo nos pertenece y que tenemos tanto derecho a habitarlo con dignidad como cualquier hombre, las mujeres le dimos voz a otros pensamientos, a otras ideas que hicieron de la música un terreno para reconocernos y un espacio más para conquistar y desde ahí afirmar que el presente, pero sobre todo el futuro, será feminista o no será.  

Esto no es el resultado de generación espontánea, por supuesto; recordemos que las músicas nacidas a partir de la década de 1970, estamos marcadas por la “música de protesta”, por el folclor de nuestras músicas originarias y también por el rock, el pop y ese espacio poco delimitado donde casi todo cabe, llamado “indie”. Siempre con una influencia directa de Estados Unidos, es incuestionable el impacto de figuras musicales que van desde Joni Mitchel, Joan Baez, Janis Joplin y Patti Smith, hasta Madonna, Cyndi Lauper, Alanis Morrisette, entre otras.

En las dos décadas recientes, la industria de la música se ha transformado y el modo de consumir música también. Desde el surgimiento de las plataformas digitales el disco ha devenido en una suerte de tarjeta de presentación más que en un material indispensable para que la música llegue hasta el público. Es ahí, en el terreno digital, donde las mujeres hemos encontrado la tierrita fértil para sembrar nuestros discursos y hallar a nuestro público, ese que durante muchos años sólo tuvo como opción el gusto y el interés de las disqueras. 

Quiero pensar que han quedado lejos los tiempos en que una cancionista enviaba un demo a una disquera para que éste se diluyera entre un montón de material que nadie escucharía jamás; o, en el mejor de los casos, conseguir una cita con un productor o directivo de la casa disquera que, entre miradas lascivas o franco desdén, dijera cosas como: “Mira, niña, si estás dispuesta a enseñar un poco más de piel, a salir de tu escondite detrás de la guitarra, a cantar canciones un poco más “alegres”, más “amenas”, quizá podamos grabarte un disco”.

Así, la música se volvió también un espacio de resistencia donde las mujeres podemos alzar nuestra voz, nuestro canto y hablar de lo que nos parece oportuno, necesario, urgente. 

Aquí están pues estas canciones. Y sí, la selección es un sesgo, ha quedado claro, pero constituye un crisol sublime de lo que por años tuvimos atorado en la garganta y hoy inunda los silencios que pudieran sobrevivir en todas y cada una de las luchas de nuestra casa: América Latina. Esa América Latina que vibra, suena y sueña, a través de la voz femenina. Pues todo nos toca, todo nos atraviesa. Lo personal es político. Y lo que nace de nuestra música es, evidentemente, universal.

“Tengo una idea dando vueltas desde hace tiempo… ¿Cómo es posible que el progreso sea tan violento?”.

Juana Molina (Argentina).


“Los pájaros de ciudad hacen rondas por su sangre antigua y sobreviven a las ruinas, ¿qué irán buscando?, ¿qué habrán perdido?, ¿vendrán huyendo del olvido? ¿qué idioma tienen, qué domicilio? ¿Serán hablantes del exilio?”.

Laura Murcia (México).


“Perdonen si arruino esta fiesta patria. Esto no es democracia, más bien una falacia”. 

Rebeca Lane (Guatemala).


“Ya volverá la vida con su alegría a cantar, pero yo me quedo aquí por hoy, encerrada en mi pensar, por hoy, escuchando este latir, por hoy. Aferrada a mi sentir, por hoy”. 

Marta Gómez, (Colombia).

“Hoy te pusiste tu vestido, el prohibido. Vos inconsciente, tan decente, desmedida”. 

Ana Prada (Uruguay).

“Me quiero ver libre. Me quiero ver fuerte. Me quiero ver completa”. 

Ruzzi  (México)

“Ahora que hago memoria puedo ya descifrar las señales que diste anunciando el final.
Tus abrazos quemaban, me querían matar pero sin asustarme y sin hacerme sangrar”. 

Daniela Spalla (Argentina).

“Soy descendiente de los populacho, mujer caliente y de hombre lacho. Es por eso que ahora en la calle haciendo desorden anda tanto guacho”. 

Evelyn Cornejo (Chile).


“Entre cirios y luceros voy buscando la vereda, con la mira en mi pradera, de un sueño que ahí me espera”.

Natalia Arroyo (México).

“Pero no voy a ser la que obedece porque mi cuerpo me pertenece. Yo decido de mi tiempo, cómo quiero y dónde quiero”. 

Anita Tojoux (Chile).

“Tu pena se lleva el viento, jilguera no llores más. Volando se fue tu cría y nunca más volverá”.
Diana Gameros (México).

“Farmacéutica, trasatlántica, trasandina. Una vida se apaga porque le estorba. Que no se muera pronto pa’ darle la vacuna”. 

Camila Moreno  (Chile).

“Ay mi bien, ay prenda mía, dulce fin de mis desos, ¿porqué me llevas el alma, dejándome el sentimiento?”

Juana Inés de la Cruz, en voz de Leticia Servín (México)

“Mi hija será paloma, blanca sólo en mi anhelo, blanca verá el destino si en sus alas vuela sin miedo”.

Paz Court (Chile).


Michelle Solano (Ciudad de México, 1975) es escritora, teatrista, cancionista, periodista cultural y activista política. Escribe diversos géneros literarios, principalmente narrativa, dramaturgia y poesía. Como dramaturga y crítica teatral perteneció al grupo El telón de Aquiles, colectivo de jóvenes dramaturgos; como cancionista escribió y grabó la primera canción por Ayotzinapa: Grito de Guerra, que ha dado la vuelta al mundo para denunciar la desaparición forzada. Su trabajo poético y musical son indisolubles, escribe poesía para su música y música para sus poemas y de ahí se desprenden sus canciones. Como periodista y activista es integrante del colectivo Ojos de perro contra la corrupción y la impunidad. Actualmente trabaja en su primera novela: La vida luminosa en que perdimos todas las batallas, y en el poemario Permanencia involuntaria, que reunirá su reciente trabajo poético.

Julia Reyes Retana es arquitecta, aunque nunca se ha dedicado a la arquitectura. Tiene un taller y marca de costura “Chocochips Costura de Estación” dedicado a la producción de objetos textiles y a la impartición de cursos de costura y técnicas textiles. Dibuja desde que tiene memoria y la ilustración es la base de la que germinan todos sus proyectos, dibujos que se transforman en cosas. Actualmente dibuja todos los días y a todas horas

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