Todo lo que necesito saber lo aprendí de Ruth Bader Ginsburg

Textos: Jimena Ávalos Capín (@jimavalos)
Ilustración: Julia Reyes Retana (@julitareyes)


El joven estudiante de Derecho (y uso ese pronombre con toda la intención), tiene a su disposición un verdadero Panteón de ídolos a quienes imitar. ¿Te gusta la filosofía jurídica? ¿Te interesa el derecho constitucional? Ideológicamente, ¿de derecha o de izquierda? Da igual. Sea cual sea tu interés, te encontrarás con estante tras estante de libros con cubierta de piel y letras doradas, todos escritos por aquellos hombres de cuyo legado eres heredero y continuador. Quizás un día tú también verás tu nombre en letras doradas. El camino está ahí, alumbrado por todos los eminentes juristas que han sido y que serán.

Si eres mujer, en cambio, tu posición dentro de la profesión y dentro de la biblioteca es mucho más incierta. En toda la licenciatura, si tienes suerte, te habrán asignado dos o tres textos escritos por mujeres. Te dirán, de maneras sutiles y no tan sutiles, que puedes estudiar e incluso ser la mejor estudiante, pero que las mujeres rara vez terminan siendo practicantes realmente exitosas. Seguirás viendo que las abogadas son minoría en las cúspides de despachos, empresas, facultades de Derecho, tribunales. Puedes llegar, quizás, pero tendrás que nadar a contracorriente. ¿Valdrá la pena?

Entra entonces en escena Ruth Bader Ginsburg, the Notorious RBG. Una niña judía de Brooklyn que se convirtió en una de las mentes legales más brillantes de todos los tiempos y en un fenómeno de cultura popular. Confieso que yo no supe de ella hasta mi maestría en su alma mater, la Universidad de Columbia. Ahí descubrí que había litigado casos que habían cambiado el panorama para las mujeres estadunidenses y que, gracias a su trabajo, las mujeres podían adquirir bienes inmuebles por sí mismas o denunciar a sus esposos por violación en ciertos estados, entre muchos otros hitos que parecen distantes, pero en realidad son relativamente recientes.

Supe que había sido nombrada la segunda ministra mujer en la historia de la Suprema Corte de Estados Unidos. Leí sobre su vida, los obstáculos que había enfrentado y lo lejos que había llegado. Estudié sus casos, sus estrategias y sus argumentos. Claro que no es la única jurista que admiro pero, desde que empecé a conocerla, le tuve particular cariño. No siempre coincidían nuestras opiniones, pero compartía sus convicciones feministas, su compromiso con la justicia social, su vocación de docencia y hasta su amor por la ópera.

Es así como fuimos desarrollando una relación cercana, mi RBG imaginaria y yo. Mi amigo Miguel me regaló una figurita de ella que puse sobre mi escritorio y con la que seguido platico, imaginándome qué haría ella en determinada situación. Quizás es mi pulsión de niña de escuela católica, pero más que una santa, de quien esperaríamos perfección, se convirtió en un referente constante en mi vida y profesión. Las mujeres necesitamos guías de carne y hueso, con victorias y derrotas, límites y contradicciones. Ya tenemos muchos hombres en bustos perfectos de mármol, incuestionables desde su lugar de pretendida autoridad.

Este viernes por la tarde me habló mi mejor amigo y me preguntó si estaba bien. Le contesté que sí, ¿porqué no habría de estarlo? “Se murió RBG”, respondió. Silencio. Mi hijo de nueve años escuchó el anuncio y me abrazó. Me sacudió la noticia más allá de lo que hubiera podido imaginar. Lo experimenté como una pérdida genuina y como un golpe simbólico para los derechos de las mujeres, que parece que nunca acabamos de ganar.

Poco a poco esa sensación de desesperanza se va dispersando y su lugar lo ocupa una tremenda gratitud por todo lo que me enseñó. RBG me dio lecciones jurídicas pero, sobretodo, me dio lecciones sobre lo que es una vida en el feminismo, cada quién desde su lugar, pero con la mirada sobre las demás. En muchas de sus sentencias habla precisamente de no generalizar sobre lo que las mujeres quieren o necesitan, pues eso también es patriarcal. Debemos dar lugar a esa diversidad de experiencias y de voces; escuchar a las mujeres y considerar su contexto es parte de la metodología jurídica feminista, pero también es un principio de vida.

RBG me enseñó que podemos hacer las cosas a nuestra manera. Por eso me encantan los cuellos que ella y Sandra Day O’Connor (la primera en ser designada ministra) diseñaron. Como metáfora perfecta de la profesión, las togas estaban pensadas para los hombres que usaban camisa de cuello y cuya imaginación no alcanzaba para vislumbrar que algún día ese atuendo sería para mujer. No tenemos siempre que usar camisa de hombre, podemos usar cuellos de encaje o de pedrería. Quizás nuestro valor agregado reside precisamente en hacer las cosas de manera distinta.

RBG me enseñó que lo que importa no es lo fuerte que argumentes, sino la calidad de la argumentación. Cada vez que escucho sus grabaciones, me asombro de la relativa suavidad con la que hablaba y, simultáneamente, de la precisión con la que desmantelaba uno o a uno los argumentos de su contraparte. Ella tenía que jugar en un terreno diseñado por hombres y para hombres, pero encontró la manera de hacerlo como mujer.

RBG me enseñó que tenemos que luchar por lo que nos apasiona, pero debemos acercarlo a las demás. El Derecho está diseñado para ser exclusivo e inaccesible para la mayoría, precisamente porque ha sido construido desde la masculinidad. Pero RBG entendía que esa exclusividad no moviliza ni genera cambios. Ella preparaba una versión resumida de sus sentencias en las que anunciaba claramente el contenido en un lenguaje accesible y claro, porque quería que sus palabras tuvieran mayor alcance.

RBG me enseñó que la justicia se gana poco a poco, pero que nunca se puede soltar. Step by step, me dice la figurita. Cuando ella empezó a litigar casos de discriminación basada en género, no existía tal cosa en el universo jurisprudencial. Tuvo que empezar por convencer a los jueces que las distinciones basadas en género, las cuales inevitablemente daban a la mujer el rol de cuidado y al hombre el lugar de proveedor, eran discriminatorias e injustas para mujeres y hombres. A veces tenemos que jugar conforme a las reglas antes de tratar de cambiarlas. A veces tenemos que perder la batalla para ganar la guerra, pero jamás debemos capitular. Los derechos están constantemente bajo acecho, me recuerda mi figurita. Si dejamos de defenderlos, sería
“como tirar a la basura nuestro paraguas en plena tormenta solo porque no nos estamos mojando”.

RBG me enseñó el valor de disentir. Hemos aprendido, sobre todo siendo mujeres, que disentir es problemático. Pero ella nos demostró que puede ser creador y puede allanar el camino.

RBG me enseñó, quizás sobre cualquier otra cosa, que las mujeres merecemos un lugar en todos los espacios, incluyendo la profesión jurídica. Es famosa su anécdota de la cena con el Decano en la escuela de Derecho de Harvard: el objetivo de la cena era preguntarles a las poquísimas mujeres admitidas por qué estaban “quitándole el lugar a un hombre”. Así nos sentimos perpetuamente, aunque ya no seamos minoría, pues tenemos que refrendar nuestra pertenencia o nuestra relevancia para la profesión.

Sin embargo, también es célebre la respuesta de Ruth Bader Ginsburg ante la pregunta de cuántas mujeres serían suficientes en la Suprema Corte de Estados Unidos: NUEVE, dijo, sin dudar. TODAS. Hubo nueve hombres hasta 1981 y ese número jamás se cuestionó. Esto nos recuerda que no debemos temer ocupar los espacios que son nuestros. Siempre hemos tenido que luchar por ellos pero, una vez abiertos, los hemos llenado y hemos crecido y sobresalido. Fue así como empecé a verlo… eso que los jóvenes estudiantes varones siempre tienen claro y dan por hecho: un lugar para mí.

Hoy, la verdadera Ruth Bader Ginsburg se ha ido –y lo lamento profundamente– pero mi Ruth Bader Ginsburg vive. Vive en el trabajo de todas las mujeres que luchamos por la justicia de género, particularmente las abogadas. Vive, de manera especial, en los ojos de mis alumnas, brillantes de entusiasmo, cuando entienden que, gracias a ella, su lugar ya está aquí.

Te necesitábamos, Ruth. Gracias por venir.


Jimena Ávalos es abogada feminista egresada de la Universidad Iberoamericana, especializada en género y derechos humanos. Maestra en Derecho por la Universidad de Columbia y Maestra en Políticas Públicas por la Universidad de Oxford. Trabajó en organizaciones de la sociedad civil haciendo litigio estratégico. Posteriormente fue académica del Departamento de Derecho de la Ibero, donde continúa impartiendo la materia de Género y Justicia. Actualmente se desempeña como especialista en estrategias de prevención y combate al acoso sexual a nivel institucional. 

Julia Reyes Retana es arquitecta, aunque nunca se ha dedicado a la arquitectura. Tiene un taller y marca de costura “Chocochips Costura de Estación” dedicado a la producción de objetos textiles y a la impartición de cursos de costura y técnicas textiles. Dibuja desde que tiene memoria y la ilustración es la base de la que germinan todos sus proyectos, dibujos que se transforman en cosas. Actualmente dibuja todos los días y a todas horas.

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