En busca del pezón

Texto: María Amparo Escandón (@mariaescandon)
Ilustración: Julia Reyes Retana (@julitareyes)


Chichis. Tetas. Senos. Lolas. Mamas. Pechugas. Melones. Boobies. Domingas. Teleras. Pechos. Llámalas como quieras, es la primera protuberancia que entra por la puerta seguida del resto de nuestro ser. Y te guste o no, es lo primero que chupan los hijos, y lo primero en lo que se fijan los hombres. Y para una de cada treinta y ocho mujeres, es por donde se nos cuela la muerte. 

A mí se me coló en 2015, pero me le escapé (por ahora). Sentirme “una bolita” me provocó una sensación similar a la de tirarme en caída libre de alguna montaña rusa, de esas gringas. Con la confirmación del cáncer se me presentó, además del tratamiento que eliminaría mi producción de estrógeno, la opción de que se me amputara el seno invadido. Quiero recordar que le dije al doctor, “Donde va uno, va el otro”. Jamás, en mi obsesión por la simetría, habría podido vivir en paz con un solo seno. 

Y así fue como los perdí. Tres cirugías después fueron reemplazados por unas boligomas de silicona que por la evidente ausencia de las areolas y los pezones parecían dos lustrosas rodillas que se proyectaban del pecho erguidas, tiesas, deformes, y desafiando para siempre los efectos de la gravedad. A mis cincuenta y siete años, mis senos naturales ya no son útiles, me dije en el afán de acelerar mi adaptación a la nueva realidad. Había dejado de ser relevante la promesa de una nutrición generosa para mis bebés (ahora dos adultos graduados de universidad). Tampoco eran necesarios como arma de conquista. Mi hombre ama todo lo que sobró de mí después que se llevaron en una charolilla del quirófano mis glándulas mamarias sanguinolentas (a quién sabe donde; nunca quise preguntar). Pero casi al momento me corregí: ya no son útiles para otros. ¿Y yo qué? 

Con esta nueva perspectiva, tomé la decisión de mejorar la apariencia de los bultos que ahora reemplazaban mis pechos para mi propia satisfacción y la de nadie más, y con mi esposo, compañero mío en las buenas, malas y peores, viajamos a Baltimore en busca del mejor tatuador de areolas y pezones 3D: Vinnie Myers. No fue difícil dar con él. Bastó una ligera investigación en Google y ahí estaba: con su sombrerito. Desde Los Ángeles, donde vivo, llegar a Vinnie implica cruzar Estados Unidos. Ni siquiera sentí el trayecto. Durante la sesión me contó que ha tatuado a tantas mujeres después de una amputación de senos por cáncer, que es capaz de reconocer al cirujano que hizo el trabajo por la calidad del resultado. “Fulano es un artista, mengano es un carnicero”. El mío es uno de los carniceros. Las cirujanas son las mejores. Claro. Las mujeres de mi generación tenemos que abandonar el mito del hombre alfa y abrir los ojos a esta realidad.

Hoy en día, disfruto mis pezones 3D en el espejo. Me siento más completa, aunque parezcan de caricatura, y me emociona saber que existen para mí y nadie más. 


María Amparo Escandón es autora bilingüe español-inglés. Escribe desde los siete años. Su primera novela, SANTITOS, fue publicada por Random House, ha sido traducida a más de 21 idiomas y adaptada al cine. TRANSPORTES GONZÁLEZ E HIJA, S.A. publicada por Crown Books, fue traducida a 12 idiomas, ganó el premio del libro del año Maeva en España, y está en proceso de ser adaptada a una serie limitada de ocho episodios para televisión en Estados Unidos. L.A. WEATHER es su tercera novela, en proceso de publicación por Macmillan Publishers.

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