“Yo quisiera que la muerte de mi hija no fuera en vano”

Texto: Eréndira Derbez

Intervención de foto: Julia Reyes Retana

Marisela Escobedo vivía en Ciudad Juárez. Fue una enfermera, empresaria, activista y madre que hizo todo lo posible para exigir justicia por el feminicidio de su hija Rubí Frayre Escobedo, quien fue asesinada cuando tenía 16 años. 

De un día a otro Marisela puso su vida en pausa, se volvió investigadora: siguió las pistas, descubrió al asesino. Dio con el cuerpo de su hija en un terreno baldío. 

Los amantes de los buenos modales, aquellos que dicen “que hay maneras correctas de protestar”, los que fiscalizan la rabia de las mujeres que exigen justicia y se indignan ante un par de vidrios rotos o una pared rayada, deben de conocer el caso de Escobedo. Ella agotó todas las vías pacíficas e institucionales en búsqueda de justicia.

Se enfrentó con un laberinto administrativo: un mes y medio para reabrir la denuncia y levantar el acta de desaparición. Tocó puertas para encontrar oídos sordos: llegó a la Ciudad de México y el entonces presidente, Felipe Calderón, le negó una audiencia. Hizo un plantón con su familia en diciembre de 2010 enfrente del Palacio de Gobierno de Chihuahua. Encontró ahí, otra vez, la muerte. 

Experimentó la complicidad de las autoridades con los criminales, la omisión y la incompetencia. Fue ella misma víctima del crimen organizado coludido con el gobierno, al igual que la de su hija, su vida fue arrebatada y hoy el resto de sus hijos viven en desplazamiento forzado.  

Ilustración cortesía de: Maremoto

Los alcances del cine documental

Como ha sucedido con otros documentales como Presunto culpable (2008) o Hasta los dientes (2018), Las tres muertes de Marisela Escobedo (2020) es una película que ha traído conversaciones importantes, repercusiones en la vida política con implicaciones en la vida privada. 

En el caso de Presunto culpable, el filme ocasionó discusiones serias sobre el sistema acusatorio, varios intentos de censura y, tras la muestra del documental al aire libre en el Festival de Morelia, la plaza repleta se volvió una manifestación de exigencia de justicia. Respecto de Hasta los dientes, hubo una disculpa pública por parte del Estado en 2019 a los familiares de Jorge y Javier, dos jóvenes asesinados por militares dentro de las instalaciones del Tecnológico de Monterrey y revicitmizados por la prensa y el gobierno. 

En el caso de Las tres muertes de Marisela, días después del lanzamiento del documental en la plataforma de streaming Netflix, la placa que lleva su nombre en Chihuahua amaneció con velas como tributo a su memoria  y el documental ha alcanzado números punteros de reproducciones, algo no tan común para un filme de su naturaleza. Los tres largometrajes comparten características: retratan las consecuencias de la falta de acceso a justicia, las fallas institucionales del Estado mexicano y la revictimización que viven quienes tienen la mala suerte de enfrentarse a un sistema judicial opaco y corrupto. 

Llama la atención que en los perfiles de Facebook y Twitter del servicio de streaming, personas escriben comentarios sobre el documental: “desgarrador”, dicen algunas, otras más exigen #JusticiaPorMarisela. Algunas otras, no pocas, hablan de sus propios casos, de su hermana desaparecida, su padre que no regresó o su hija asesinada y piden que se haga un documental sobre su caso y su víctima. 

Ante la falta de respuesta institucional y con un clima de impunidad generalizado que hace posible la repetición de estos crímenes, hay quienes aspiran a que, al menos en el cine, se pueda contar su historia. Contar historias, recordar, es también una forma de exigir justicia.

No alcanza una vida para ver todos los documentales que podrían hacerse sobre la impunidad que permea en nuestro país, esa que hace posible los feminicidios, las desapariciones forzadas, los asesinatos. No hay suficientes guionistas, editoras, directoras, gaffers, sonidistas ni salas de cine en todo México para poder documentar y ver en video el abrumador cúmulo de tragedias. 


Eréndira Derbez es historiadora del arte por la Universidad Iberoamericana. Es cofundadora del estudio de diseño Plumbago, en el que ha trabajado para distintas editoriales, medios impresos y marcas nacionales e internacionales. Ha publicado trabajos periodísticos en medios como: Así como suena, Radio Nederland Internacional, Animal Político, Este País, entre varios otros. Fue compilada en el libro Estamos de pie (Planeta, 2017) y su libro No son micro. Machismos cotidianos fue publicado por Grijalbo en 2020 en coautoría con Claudia de la Garza. Ha sido galardonada con premios como el Antonino García Cubas (INAH, SECULT) y fue acreedora de una mención honorífica del premio de periodismo Rostros contra la Discriminación (CONAPRED).

Julia Reyes Retana es arquitecta, aunque nunca se ha dedicado a la arquitectura. Tiene un taller y marca de costura “Chocochips Costura de Estación” dedicado a la producción de objetos textiles y a la impartición de cursos de costura y técnicas textiles. Dibuja desde que tiene memoria y la ilustración es la base de la que germinan todos sus proyectos, dibujos que se transforman en cosas. Actualmente dibuja todos los días y a todas horas

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